Ser feminista y hablar de ciencia

 

A pesar de la explosión de la comunicación, o tal vez justo a causa de ella, vivimos en un mundo de islas en el que el diálogo es poco común. La discusión acerca de sexualidad y justicia de género es un ejemplo claro.

Sobresalen principalmente dos voces, que se presentan como antagónicas: el discurso construccionista, que afirma que los estereotipos, reglas y categorías de sexo, género y deseo que rigen la sexualidad son, tanto construidas de forma arbitraria, como injustas, pues perpetúan las estructuras de poder y excluyen al diferente; y el discurso científico positivista, que dice que para determinar lo que es justo o injusto en términos de género y sexualidad tenemos que investigar las diferencias naturales de los diferentes grupos de individuos, y así establecer qué le corresponde a cada quién.

Ambos grupos están encerrados en sus posturas, pues demasiados miembros del primero sostienen que para hablar de justicia es innecesario, absurdo, recurrir a la ciencia, y demasiados del segundo sostienen que la ciencia supera e invalida cualquier otro tipo de conocimiento, incluida la filosofía.

La conciliación desde el pensamiento construccionista me parece especialmente urgente, pues la ciencia no es sólo un discurso más: es uno especialmente efectivo; ahí radica su poder, y precisamente porque tiene poder es peligroso darle la espalda. Creo que la filosofía ofrece cosas que la ciencia no puede dar, pero si acorralamos a la mayoría a elegir entre ambos, elegirá a la ciencia. Sin embargo, la alternativa, compatibilizar los dos pensamientos, es más difícil de lo que parece a simple vista.

Habrá quien sostenga que los discursos científico y construccionista acerca de sexualidad no son contradictorios simplemente porque son independientes. Según esta propuesta, el sexo, la cuestión biológica, pertenece al campo de estudio de la ciencia; mientras el género, el conjunto de roles (imaginarios, significantes, etc.) que la sociedad les atribuye a los hombres o a las mujeres y sus implicaciones éticas, es campo de estudio de la filosofía construccionista. Sin embargo, el situar al género y al sexo en discusiones independientes es simplista, ingenuo y contraproducente, tanto desde la perspectiva construccionista como desde la científica.

El reto más obvio para esta propuesta que separa la ciencia y el feminismo surge a mediados del siglo pasado: la psicología evolucionista. Esta teoría propone que las conductas sociales pueden, en efecto, contrariamente a lo que sostenía gran parte de la academia humanista, derivarse de las condiciones “naturales” de los grupos humanos.

El argumento es que las actitudes y los “mecanismos psicológicos” que han surgido de forma espontánea en la sociedad se han impuesto por selección natural, por ser las más eficientes para asegurar la supervivencia de la humanidad. Las implicaciones: en el libro La evolución de la sexualidad humana, publicado el 1979 por el antropólogo Donald Symons, este autor les atribuye a los mecanismos evolutivos del ser humano el conjunto de “actitudes, comportamientos y sentimientos sexuales” que conforman la “naturaleza sexual” de hombres y mujeres. (Symons 1979)

Lo revolucionario de la psicología evolucionista es que, ligando el comportamiento y la condición material del ser humano, demuestra que el género y el sexo no son, como se creía, independientes.

Las dinámicas sociales se derivan de estrategias naturales para adaptarnos a nuestro contexto material y empírico: son naturales. Si se sostenía antes que, como las convenciones sociales que constituyen al género no dependen de cuestiones naturales, entonces no son necesarias o deseables, esto insinúa que, de ser naturales, entonces serían necesarias y deseables.

Esto, a partir de la psicología evolucionista, se convierte fácilmente en una defensa del status quo: Si el orden social deseable es el natural, y los comportamientos y mecanismos psicológicos de los diferentes géneros se derivan de cuestiones naturales, verificables empíricamente, la ciencia se convierte entonces en un obstáculo enorme, no solo para el movimiento feminista, sino también para cualquier otra lucha social.

No podemos separar las dos conversaciones: o elegimos, o las compatibilizamos. No puedo negar la ciencia, pero preferiría no negar tampoco el feminismo.

 

Por María de la Lama Laviada*

mdelalama@serloyola.edu.mx

* Yucateca. Estudiante de Filosofía en la Universidad Iberoamericana.

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