Paschi

 

Don Higido, el último maestro tornero de la técnica tradicional andina, que consiste en el torneado en madera, mediante la utilización del instrumento conocido como “Tiuka” que permite hacer trabajos como trompos, cucharas, y cuencos. Es una tradición ancestral y que se está olvidando. El proyecto “Tiuka” intenta darle un espacio a don Higido para poder seguirla trabajando. El espacio donde se trabajan estas y otras artesanías es en parte gracias a la labor de tres hermanos cuzqueños que crearon una empresa privada para promover la recuperación de textos tradicionales andinos.

El objetivo es proteger y difundir el patrimonio cultural peruano, en este caso representado por la variada y original tradición textil de Perú, enfatizando el uso de técnicas ancestrales para el hilado, teñido y manejo de las fibras sudamericanas. A través de esta intervención, se creó un nuevo espacio, apropiado para un sitio arqueológico en un área de la cultura Inca para la promoción y diseminación de este patrimonio. El sitio llamado Awanakancha congrega a muchos artistas y artesanos de las cercanías de Cusco, pero esta historia va más para don Higido.

Hace unos dos años, visité el Perú por primera vez, de pasada por Cusco antes de ir al Valle Sagrado, pasamos de visita por Awanakancha. De las primeras atracciones era poder alimentar a un par de alpacas, las acompañaban ilustraciones de las diferencias entre las llamas y alpacas que son comúnmente confundidas. Después de las partes, o más bien la parte principal era el teñido de fibras naturales, y las técnicas de tejido en el telar de cintura, y en una esquina, un poco olvidado de las visitas estaba con Higido, quién solo hablaba Quechua, me acerqué curiosamente para ver lo que hacía, inmediatamente me quedó claro que nuestra comunicación se basaría en señales.

Don Higido pocas veces levantó la vista, estaba completamente concentrado en la madera que tenía en las manos, y que en momentos se convertiría en una pequeña cuchara y sin importar el hecho de la barrera del lenguaje, le hablé de mi abuelo, le conté con extraña familiaridad, que mi abuelo fue carpintero, que amaba la madera, y que sólo por el olor detectaba con facilidad a qué tipo de árbol pertenecía. En una extraña confesión le dije que lo extrañaba. Después de mi monólogo, le pregunté con señas si le podía tomar una foto. Accedió.

Tomé una fotografía con mi cámara instantánea. Se la regalé. “Paschi” contestó, que significa “Gracias” en Quechua, esperamos los dos pacientemente a que el tiempo nos regalará la imagen en el papel de revelado. Me detuve a leer el pequeño letrero que apuntaba la técnica y nombre de don Higido, así como la historia del lugar.

Estuvimos un rato más en el centro artesanal, pasamos a la tienda y, justamente a punto de irnos, ya bajando las escaleras de salida, alguien tocó mi hombro, para mi sorpresa era don Higido. Tenía en sus manos la cuchara que estuvo haciendo mientras platicamos, me tomó las mías y la depositó, con un frente apretón de manos entendí que era un regalo. No nos dijimos nada, y en realidad no hacía falta. Observé como subía las escaleras de regreso. Resguardo hasta el día de hoy esa cuchara como un verdadero tesoro, la acompaña el recordatorio que somos capaces de entendernos unos a otros cuando viene de un lugar verdadero.

 

Por Silvia Carrillo Jiménez*
silvia.carrillojimenez@gmail.com

* Asesora del Departamento de Turismo del Ayuntamiento de Valladolid y maestra en Desarrollo Sustentable y Turismo.

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