Adiós, querida Luna

Por Rocío Cortés Campos

En días pasados Yucatán perdió a una de sus más grandes artistas: la estupenda escritora Carolina Luna, nacida en Mérida, en 1964. Su literatura urbana, íntima, erótica y desgarradora constituye un gran legado para las letras mexicanas.

Corría el año de 1993. Tenía yo 15 años y estudiaba la preparatoria. En la radio sonaban Meat Loaf, Nirvana, Whitney Houston, Pet Shop Boys. En el cine (en las salas de México) apenas se había estrenado Drácula, de Bram Stoker. Y en un día cualquiera del segundo año de la prepa, haciendo una tarea para la escuela, encontré en la biblioteca un libro de peculiar portada: una mujer con el pecho desnudo se tapa el rostro con la mano; de sus uñas y hasta su cabello brotaba una llama fuego, sobre la cual se posaba una mariposa; de espaldas a la mujer un fondo azul con medusas, caracoles y esqueletos de pescados. Detrás, en la solapa, aparecía la imagen de la autora: una joven rubia sentada en los escalones de una escalera de madera; guapa, de arreglo sencillo.

Luego el primer cuento, el segundo y así sucesivamente para conformar un trabajo fascinante, con un lenguaje sencillo, sincero, directo y sin pretenciones; con historias de la vida, del amor, del desamor, de la pasión; y otras historias fantásticas e intensas, en las que el lector se convierte en cómplice de esta autora que narraba cuentos a manera de confesión, unas veces con dolor, otras con vergüenza, otras con cinismo.

El caracol y otros cuentos significó un encuentro especial en mi vida. Me presentó a una autora yucateca que escribía sobre un entorno urbano contemporáneo sobre la vida cotidiana. El Caracol me invitó a leer una literatura diferente a lo que consumía en época (literatura de adolescentes), y más aún, me alentó a perder el miedo a escribir. Después leí otros libros de Carolina: Prefiero los funerales, y El matagatos y otros cuentos; desgraciadamente no he podido conseguir su trabajo más reciente: Los espacios que nos ocupan.

Leer los complejos cuentos de Carolina Luna es una gran experiencia literaria. Siempre es un goce leer sus trabajos sobre entrevistas con vampiros en Yucatán, sobre amantes y fóbicos de los gatos; minotauros; suicidas que cruzan al purgatorio; y sobre todo sus historias de mujeres que rompen el esquema tradicional y se imponen al canon paternalista, mujeres dueñas de sus vidas que se lanzan frenéticamente a nuevas aventuras amorosas, que buscan ávidas un amante ocasional, o que exploran otras formas de amar y de sentir. La literatura de Carolina Luna siempre retó al lector a mirar más allá de su horizonte, a contemplar múltiples posibilidades y panoramas.

Platiqué con Carolina solamente en un par de ocasiones, en algunos eventos académicos; en ambos casos me firmó alguno de mis libros. Cuando hablé con ella me sentí muy cohibida y creo que nunca le dije la gran inspiración que era para mí; lo lamento mucho, especialmente ahora que ya no está entre nosotros y que no brotarán de su pluma aquellas historias fantásticas que he leído y releído una y otra vez. Que en paz descanse nuestra querida Carolina Luna.

 

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