Antes de ser padre

Jhonny Eyder Euán

jhonny_ee@hotmail.com

Los niños me tienen miedo. Quizás son los lentes de armazón grueso o la voz que no me sale juguetona ni cariñosa como a las demás personas que dialogan con ellos. Siempre huyen de mí y más que molestarme me hace reír su rechazo desesperado cuando intento tomarles las manos en señal de amistad.

Ni idea tengo de cuándo me empezaron a temer. A lo mejor ha sido siempre o desde que hay un par de sobrinos que visitan con frecuencia mi casa. Lo cierto de este drama es que no tengo tacto para relacionarse con esas pequeñas personas. No soy como mi madre que cambia su voz y ríe y corre con ellos. Tampoco soy como mi hermana que les pincha muy despacio el estómago con su dedo índice y los abraza para darles vueltas en la sala.

Lo único que hago cuando hay pequeños cerca de mí es verlos. Me gusta apreciar sus rostros y observar su comportamiento. A veces trato de imaginar o descifrar que cruza por sus pequeñas mentes. Se ven tan tranquilos, felices, pero cuando me acerco comienzan a llorar.

No me gusta ser el causante de tanto sufrimiento y opto por irme, pero siempre me pregunto lo mismo, ¿por qué el miedo? Tal vez los pequeños ven cosas que los adultos no pueden, y en mí ven algo siniestro, algo malvado que no soportan. O a lo mejor mi aspecto es realmente desagradable. Es un verdadero misterio.

No recuerdo si cuando era niño también le temía a las personas altas que usaban lentes y tenían el cabello gris. La otra noche le pegunté a mi madre sobre eso. Ambos veíamos la televisión y el tema se me ocurrió de repente. Ella me dijo que yo era un chico bastante tranquilo y que lloraba mucho cuando me caía o se rompían mis juguetes, pero que nunca tuve un némesis o alguien a quien no pudiese tener cerca.

Por mucho tiempo este tema me fue irrelevante. Qué más. Nada podía hacer ante los pequeños que gritaban debido a mi presencia. Sin embargo, las cosas han cambiado y ya no quiero ser el villano de la película.

En los próximos meses llegará el primer pequeño de mi matrimonio. Estoy muy nervioso e impaciente por conocer a mi hijo. Me preocupa que se repita la historia del rechazo, por eso he decidido cambiar un poco mi imagen. No quiero parecer un monstruo, quiero ser alguien agradable para él.

Me he pintado el cabello, pienso dejar las gafas y a solas practico eso de la comunicación infantil. Imito voces, me pinto la cara, bailo como payaso y simulo hablar con mi hijo. Cuando mi esposa me sorprende en medio de estas actividades se ríe de mí y me pregunta qué rayos hago, entonces, con pena le respondo que me preparo para ser padre.

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