¡Disciplina!

Mario Barghomz
mbarghomz2012@hotmail.com

La palabra disciplina aparece en el lenguaje español como un verbo. Pero atendiendo a su raíz etimológica, no lo es, sino un sustantivo latino que significa ¡discípulo! el que aprende. Por ello que el equívoco y la aberración popular en el uso de la “disciplina” sea una mera falacia.

Cuando oímos la palabra disciplina, regularmente se piensa en aquello que alguien ordena o dispone y alguien más obedece; en aquello que siendo una orden o una regla se acata sin discusión ni reclamos, es decir, en un comportamiento de obediencia que se asume (o debe asumirse) como valor de formación ante una autoridad.

La “disciplina militar” sería un ejemplo. Quien no sabe recibir o acatar órdenes en un ejército no sirve para soldado. Se dice que la tarea del soldado es la de obedecer. Pero que esta idea de la obediencia ciega sin mediar criterio ni juicio de quien recibe una orden so pena de ser castigado si no la cumple, haya sido llevada a las aulas escolares durante todo el siglo XX y además permeara hacia el interior de las familias, sin duda fue de lo más aberrante dentro de los métodos educativos, afortunadamente hoy obsoletos.

Actualmente sabemos que la disciplina tiene otros estándares, otros modos y maneras de atenderse y asumirse. Porque ya no es posible, ni legal ni humanamente, someter o castigar a alguien (y menos a un niño) argumentando falta de disciplina, de comportamiento disperso o equivocado.

Albert Einstein despreciaba el tipo de disciplina escolar alemana que era también en su tiempo una extensión de la disciplina militar. Sus bajas calificaciones en el Politécnico o la negativa de sus maestros para graduarlo, fueron el resultado no de su falta de inteligencia o capacidad (lo sabían), sino de su falta de disciplina y obediencia con sus maestros. Por ello fue que Einstein, el mayor científico del siglo XX, nunca pudo graduarse como doctor en Física Teórica. Sin embargo queda claro para la ciencia y para la historia, que Einstein era un espíritu disciplinado. ¡Aprendía! Su disciplina era intelectual y científica. Un verdadero discípulo de sí mismo.

Al igual que Einstein, a Steve Jobs (uno de los mayores genios del siglo XX) tampoco le gustaba la autoridad escolar. Por ello nunca terminó la universidad. Pero Jobs tenía una conciencia muy disciplinada, sabía lo que quería y se dispuso a hacerlo. ¡Qué mejor disciplina que esa! Porque ni la ciencia ni la tecnología son resultado de espíritus dispersos, sino todo lo contrario. Y solo pensar, como maestro, que si tanto Einstein como Jobs hubieran quedado bajo el sometimiento castrante de la falacia pusilánime de la disciplina escolar de su tiempo, el mundo de hoy no sería el que conocemos, sino precario, arcaico y distinto.

Otro ejemplo de alta disciplina: cuando el Estado Chino Maoísta quiso someter a los monjes tibetanos, los que no murieron cuando fueron despojados de su tierra en el Tíbet, huyeron hacia Nepal con su líder espiritual el Dalai Lama. Todo el valor, fuerza y templanza de los monjes tibetanos radica en su disciplina (aprendizaje). Pero la de ellos es una disciplina simplemente espiritual que mantiene viva a su comunidad. ¡Y qué valor tiene hoy en día de tanto conflicto emocional la disciplina espiritual que nadie demanda ni ordena, sino que sale del alma de un verdadero discípulo!

Yo mismo (y aún aprendiendo, aprendiendo siempre) mantengo una disciplina constante con mi cuerpo, mi mente y mi espíritu. Disciplina de estudio, investigación, escritura y lectura. Disciplina que tiene que ver con mi alimentación, mi salud, el aseo, mi actividad diaria y el descanso necesario. Como Jobs o como Einstein, ¡amo mi libertad de acción y pensamiento! Amo ser un buen discípulo.

Por ello, Paco, Mariann (y valgan todos mis comentarios y ejemplos), la disciplina en casa o en la escuela, con la familia, no tiene en absoluto que ver con ningún castigo o la obediencia irracional y ciega a padres o maestros que solo buscan (sin razón ni sentido y de forma a veces siniestra) someter a sus hijos y alumnos. ¡Alienarlos para que obedezcan! (no para que aprendan).

¡Nada más lejos de la paz y nada más cerca de la guerra!

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