Economí­a sin lágrimas. ¿Qué tanto aguantará el paí­s, de seguir con el enga

Hoy, tal parece que los análisis que no pocos elaboran de la economía y su comportamiento, están divididos en dos grandes grupos; uno, el de los que ven las cosas positivamente, y toman como base y justificación de su posición, uno o varios indicadores que, para identificarlos fácilmente podríamos llamar, cuantitativos. Sus razonamientos van de lo superficial a lo absurdo: ¡Tenemos la inflación más baja de la historia! (¿Y?); las ventas al menudeo el mes pasado crecieron x o y porcentaje con respecto a un año antes (¿Y?). Y así por el estilo. Por supuesto, la selección de los indicadores es a modo; nada de tomar uno que otro que podría exhibir la fragilidad de la posición. En el colmo de la inconsistencia por tratar de vender un análisis tan incompleto y frívolo, se dan el lujo de regañar a quienes no comparten su posición y llegan, en el colmo de la irresponsabilidad intelectual y la soberbia, a tomar a Freud y la sicología para explicar el negativismo y la cerrazón ante el paraíso que está ante nosotros y, pesimistas que somos, nos negamos a entrar en él.
Ante un análisis económico tan pobre, e interesado agregaría, debo aceptar que nada hay que agregar salvo, por supuesto, seguir hurgando en la realidad del comportamiento económico para tratar de encontrar las causas del estancamiento, y revisar la abundante literatura económica que, en los últimos decenios, ha revalorado los aspectos cualitativos del análisis para poder afirmar, si ésta o aquella economía va bien o no. El otro grupo, los menos hay que decirlo, prefieren —correctamente, agregaría—, tomar en cuenta —además de los indicadores cuantitativos—, elementos cualitativos entre los cuales destacan (en congruencia con los avances teóricos de quienes se dedican a determinar las causales del crecimiento, para entender por qué unos países crecen más que otros, y por qué unas naciones fallan y otras aciertan), sin duda, el andamiaje jurídico, la calidad de las instituciones, la vigencia o no de un sólido Estado de derecho, el respeto de los derechos de propiedad y, como si fuere la cereza del pastel, la cultura de la legalidad de quienes tienen la responsabilidad de
respetar y hacer respetar la ley, sin distingo alguno. Por si a estos elementos faltare uno que otro, agregaría la transparencia y rendición de cuentas y, ¿por qué no?, los niveles de corrupción que reinan, no sólo en el aparato público, sino en la sociedad entera. Un análisis económico como el que a grandes rasgos describo en los dos párrafos anteriores, ofrece como resultado, no una versión idílica o paradisíaca sino por el contrario, la crudeza de una realidad que no pocos quieren ocultar o cuando menos, disfrazar. Ir más allá de un análisis superficial de las limitaciones estructurales que nos impiden dejar el estancamiento económico, molesta; sin embargo, la experiencia ha demostrado —en México, no una sino varias veces—, que por más que intentemos negar o disfrazar la realidad, ésta termina por aplastarnos. ¿Y usted? ¿Qué diagnóstico preferiría, la mentira piadosa pero inútil, o la dolorosa y útil objetividad? De seguir así, con el engaño, ¿cuánto duraría esta ópera bufa?

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