Editorial de Peninsular Punto Medio

Nunca estabas quieto. Seamos francos: parar no era lo tuyo. Con tu celular, de un lado a otro en el periódico. “Ya llegó don Beto”, avisaban y ya sabía que había que seguirte el paso: de la redacción a la oficina de Moni y de tu oficina a la rotativa. 

Por supuesto, había días de juntas y allí desfilábamos todos y todas contigo, obsesivo con los detalles como eras. “¿Queda claro, Fitz?”, “Sí, Beto”, pero igual volvíamos a lo mismo, al eterno asunto que dejaste inconcluso: Peninsular Punto Medio. ¿Por qué? Nunca me lo dejaste tan claro, pero una vez me contaste que el periodismo tenía algo que te enganchaba y que, aún sin escribir mucho, las letras se hicieron tu pasión. Por eso, abrir el periódico y mirar planas sin errores te ponía de buenas. 

Persona como todos, a fin de cuentas, con virtudes y defectos, te observé generoso o implacable, exigente o impaciente, buena gente con humor de huracán y regaños de antología. Doy fe: escuchabas, pero por lo general, eras un terco irremediable. Cuento con los dedos las veces que alguien te convenció de algo.

Pero eso sí, nunca vi a un padre tan enamorado de sus hijos. Miento si digo que no te robé algunas estrategias paternales. Te admiré y te admiro por eso y por tu enfermiza puntualidad con las quincenas de las nóminas, algo de lo que no muchos empresarios yucatecos –según me cuentan– pueden presumir.    

Así las cosas, he tenido que teclear esta espantosa chingadera en un hotel en medio de la selva con dos tragos encima, porque no he tenido el valor de entender que ya no estás entre nosotros. No obstante, le dije a Roberto Ojeda que yo quería hacerlo, porque no sé hacer otra cosa para agradecerte. 

Por supuesto, si fuese algo que tú hubieses querido, es imposible no imaginarte detrás de mí, intenso como siempre, obsesivo como nunca, preguntándome de buena manera, pero a cada cinco segundos, si ya terminé de escribir.   

Y ya, ya acabé. 

Por ello, como acostumbras, estoy esperando la llamada de las correcciones, o de perdido, los mensajes de voz por WhatsApp para decir que el texto está aprobado. 

La redacción entera está esperando. 

Deja de rompernos el corazón. 

Llama, director, llama. 

Marca el teléfono. 

Aunque sea para el regaño. 

Llama, Beto.

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