Fenómenos viajeros

Silvia Carrillo Jiménez
silvia.carrillojimenez@gmail.com

Para muchas personas, un viaje es emocionante, sobre todo, el pensar en enajenarse de su realidad para encontrar y enfrentarse a espacios y experiencias nuevas. Emociones de unos e identidades de otros, que se conjugan para poder crear una impresión en la memoria, que haga que sea inminente la planeación de una nueva aventura a la brevedad.

Las nuevas tendencias se alejan del turismo de masas. Ese turista enajenado que busca que todo esté resuelto, que sólo quiere ver el mar y sentir la arena, aunque todavía existen, las tendencias se van a viajeros que están en la búsqueda de lo auténtico y diferente, el contacto con las comunidades, con las tradiciones, fiestas y gastronomía de la región que visitan.

El verdadero punto complicado en esta ecuación es el encuentro con la tranquilidad y felicidad de turistas, y también residentes. Poder formular a través del turismo y los visitantes el apego al sitio de donde se es, ya que en teoría se revaloriza ante la valoración de la mirada del otro, quien muchas de las veces se maravilla ante lo ajeno. El que los locales no se sientan transgredidos o en un segundo plano ante autoridades que reciben a los visitantes y les conceden la mejor de las atenciones es de suma importancia, pues al final son los locales los que tienen muchas veces todo el contacto con nuestros visitantes, y si los ven como enemigos, es un problema gravísimo.

Es necesario que primero los destinos estén ordenados y que sean valorados, cuidados y resguardados por los locales, son los primeros que podrán compartir experiencias in situ. Además de conservar y valorar lo auténtico de la región, nadie se desplaza distancias amplias para ver lo mismo que tiene en casa. Ante esta nueva llegada de las tendencias de las aventuras, y los encuentros con lo auténtico, es cuando entra a la batalla el marketing emocional, y es que no sólo somos seres emocionales, sino que las emociones son las que nos hacen tomar diferentes decisiones en la vida. El marketing actual sabe mucho del tema cuando se sumerge en la comercialización de un destino para promover una imagen que concuerde con los que añora el mercado en ese momento, y más ahora que somos una dream society y que, así como en su momento Maslow puso en su más alto rango a la autorrealización, de la misma manera la dream society indica como máximo alcance la conexión, con lo que el marketing emocional se concentra en hacernos conectar con el destino, el hacernos pensar o creer que vamos a poder ser felices y conectar con alguien más, y con el destino que nos acoge.

Interesantemente, la reciprocidad es algo que también entra en esta pirámide, tenemos esa imperiosa necesidad de sentirnos parte, y al hacerlo nos sentimos agradecidos. En menos de una década el turismo de voluntariado se ha vuelto sumamente popular, viajamos a otros sitios, para construir casas, hacer una acción medioambiental. Y al final, seguramente esa acción se volverá mucho más significativa que si la hubiéramos realizado en casa, además de generar una derrama económica mayor, pues en general el turismo de voluntariado genera una derrama de dinero mayor que el turismo común. Sin embargo, estudios demuestran que el turismo de voluntariado con personas, sobre todo niños, genera mucha volatilidad y estrés en las emociones de los niños de las diferentes comunidades, pero para desgracia, son los que venden mejor. Es una de las fragilidades del turismo, dónde al cruzar una delgada línea se generan mayores daños que beneficios.

Las emociones y necesidad de conexión hacen que nos movamos grandes distancias y con esto hace que el turismo sea como siempre he considerado, uno de los más grande fenómenos sociales, culturales, económicos, ecológicos y, quizás, emocionales de nuestro tiempo.

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