Regularizaciones peligrosas

Por Renata Millet

Días atrás causó revuelo la declaración de SCJN sobre la renta de vientres, respecto al caso que se dio en Yucatán.

Hubo distintas posturas al respecto, como en muchos otros temas polémicos. Un tweet en especial llamó mi atención por la larga discusión que causó. El autor fue Genaro Lozano, abiertamente homosexual y auto declarado feminista con estudios sobre el tema de género, Genaro celebró ampliamente la declaración de la SCJN, argumentando que era un avance para la sociedad regular sobre ello.

Recibió varios argumentos en contra, sobre todo de mujeres. La mayoría (haré una síntesis de diversas posturas) argumentaba que el poner como algo “normal” que una mujer pueda adquirir dinero a cambio de su cuerpo era perpetuar la objetivación del cuerpo de la mujer. Ganar dinero “rentando” el cuerpo, es el mismo concepto que engloba a la prostitución.

Otro era que solo aquellas mujeres que tuviesen un motivos personales (ser familiares o amigos de quien no puede tener hijos y acceder a tenerlos) o necesidades económicas, son quienes accederían a cargar 9 meses a un niño que no es suyo, arriesgarse con las implicaciones que tiene el embarazo antes y después del parto y sufrir los dolores de este.

Genaro rebatía, diciendo que la mujer había hecho una decisión libre y que era necesario regular para que estas pudiesen tener acceso a mejores servicios si decidían hacerlo. El contrargumento que replicaban era que Lozano malentendía la libertad: no se podía ser libre cuando las decisiones eran o rentar tu vientre o no alimentar a tu familia, por ejemplo. Esto se basa en que, como ya dije, probablemente solo accederían a hacerlo mujeres (descartando a quienes son familiares o cercanas) que tienen grandes necesidades económicas.

Michael Sandel, filósofo, dice que es erróneo pensar que las transacciones del mercado no modifican la forma en la que percibimos las cosas que se intercambian. Es decir, volver al cuerpo de la mujer, tanto en prostitución, como en la renta de vientres, un objeto que se intercambia por dinero, en definitiva, hace que cambiemos nuestra perspectiva sobre él.

Por otro lado, al no regular este tipo de situaciones, al igual que el aborto y la prostitución, precarizamos aún más la ya marginada y pobre situación de quien toma la decisión de hacerlo. La mujer que esté en necesidad de hacerlo, al igual que el aborto, lo hará sea legal o no. No regular es negarle la oportunidad a esa mujer de acceder a recursos legales para defenderse, mejor información y mayor seguridad.

Sin embargo, hay un verdadero peligro en la regularización y es que, al introducirlo a la lógica del mercado, como ya mencioné, cambia el valor que le damos al objeto (en este caso al cuerpo) y por lo tanto aceptamos la nueva imagen o el nuevo valor que le damos. Esto pervierte no solo al objeto intercambiado, sino al fin con el que comenzó la regularización. Si en un principio el objetivo de esta era no precarizar aún más la situación de alguien ya marginado, el regular y dejar que el mercado se encargue sin pensar en atacar el problema de fondo, tampoco es mejorar la situación de esta persona.

Lo que se debe buscar es que tengan más opciones, en este caso que la mujer recibiera salarios iguales a los hombres, que las trabajadoras del hogar tuvieran IMSS, etc.

Regular para no morir, ampliar oportunidades y tener educación para poder decidir. De esta forma, podríamos acercarnos más a este complejo criterio de tener libertad al decidir.

 

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