Tony Montana era el villano

Por Gerardo Novelo

Tony Montana era el villano de Scarface. Ya saben, ese narcotraficante, drogadicto, materialista y misógino que no hace más que traicionar y engañar para servir sus egoístas intereses. Sí, ese era el malo.

Scarface es una bellísima sátira del sueño americano; el triunfo autosuficiente, el individualismo desmesurado y los delirios de grandeza. La película secuestra y deconstruye a todo lo que la cultura gringa se celebra de sí misma, todo lo que compone el mito fundacional de aquella tierra hiperreal que llamamos Estados Unidos.

A pesar de morir solo y patético, rodeado y a causa de sus propias adicciones, hay quien idolatra a Tony. Es, después de todo, un macho alfa exitoso. Hace lo que quiera cuando quiera y a quien quiera. No le rinde cuentas a nadie, y si tiene que hacerlo, no será por mucho. Octavio Paz lo llamaría, perdonen mi francés, todo un chingón. Es casi como si los cineastas quisieran mostrarnos lo autodestructivo que es ser así, ¿no?

Quienes aman a Tony Montana idolatran también a Tyler Durden (Fight Club) y Jordan Belfort (The Wolf of Wall Street). Todas son figuras de advertencia –seres repudiables con actitudes glorificadas– que pasan mal interpretados por las audiencias.

Sus respectivas películas tienen un muy claro proyecto pedagógico: dejar en claro que no son buenas personas. Derrochan toxicidad, carecen compasión, viven de excesos. Persiguen la gloria hasta la cima y tropiezan en caída libre hacia las consecuencias. Y sin embargo hay quienes salen del cine deseando ser como ellos.

Mucho se ha escrito sobre por qué nos fascinan los criminales, los villanos y embaucadores. Creo que la cultura de obsesión a Montana, Durden y Belfort va por otro camino. Sus fans no se cautivan por el morbo que suele hacer macabramente fascinante a ese tipo de personajes. Al contrario, los idealizan. Nada ven incorrecto en lo que hacen, ni registran que su destino es acto seguido de su comportamiento (a veces, parece que para ellos la película terminó 20 minutos antes).

¿Con qué nos deja esto? En primera, evidencia cuánta de la audiencia se encuentra en absoluto analfabetismo narrativo. En segunda, suena la alarma de un público –en su mayoría hombres jóvenes e impresionables– aprendiendo moral de personajes deliberadamente amorales, aprendiendo cómo ser de seres escritos para ser de lo más repudiables, tóxicos y nocivos posibles.

 

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