Un enemigo íntimo

Por Carlos Hornelas

Nadie puede resultar indiferente a la crisis derivada de la pandemia del coronavirus. Si acaso hay quien duda todavía de su existencia, no está por ello exento de los efectos que ha traído a nivel social, económico y político.

Cuanto más tiempo transcurre y se acumulan los días de encierro, crece también en algunos de nosotros la desesperación por dejar las cuatro paredes en las cuales nos hemos adaptado a vivir nuestra vida. Quienes trabajamos desde casa nos hemos adaptado poco a poco a asignar un lugar dentro de nuestra morada para atener los asuntos laborales. Los profesores hemos aprendido nuevas habilidades digitales y aquellos reticentes al uso de las tecnologías y plataformas digitales han tenido que replantear sus razones para seguir evitándolas.

Hemos hecho de las pantallas un modo de vida a través de la cual trabajamos, pedimos nuestros servicios, compartimos el entretenimiento, frecuentamos a nuestros amigos y familiares y hasta iniciamos nuevas relaciones. Nuestra vida se ha reducido a las dimensiones del celular, la laptop o la pantalla empotrada en la pared, que por más grande que sea, no lo es tanto como el mundo anterior al encierro.

Con todo ello, sabemos que muchas cosas cambiarán en la educación, el comercio, las relaciones sociales, pero también en la manera en la que vemos la política.

Una idea me molesta y es la tentación del autoritarismo en un escenario de postpandemia. Ahora en algunos Estados empezamos a normalizar las medidas de contención social. Los patrullajes, los cortes a la circulación, los toques de queda, las inspecciones a nuestros vehículos. Las manifestaciones por derechos humanos, en contra del racismo, las contestatarias se han tenido que mitigar en función de un bien mayor: la salud y el bienestar de la mayoría. Sin embargo, ninguna de estas causas, legítimas en sí mismas debería descartarse en el debate de la arena social, antes bien tratar de retomarse por los políticos profesionales en los medios que tenemos para tal efecto.

Con la distancia social, como platicaba con una querida amiga el fin de semana, se ha venido a instalar el miedo al otro: al contacto, al encuentro, al contagio, a que pueda ser culpable de una dispersión de un mal al resto de la población.

Si empezamos a pensar en esos términos, de control, de escandir los espacios, de contender la acción social en lo que se domina el mal que nosaqueja como población, ¿no estaremos lo suficientemente acostumbrados al final de la emergencia? ¿No veremos como subversivos a quienes traten de retomar estas agendas cuando pase la pandemia?

En muchos países se aproximan las elecciones y la población no sale a tomar las calles. Las calles por el momento son del Estado, quien debe garantizar la seguridad como condición mínima de su establecimiento. Pero, ¿hasta cuando seguirá esta situación que por lo pronto le hemos delegado al mismo Estado para determinar su conclusión? ¿No deberíamos empezar a exigir mecanismos de gobernanza también en tiempos de emergencia?

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